⚽️ El Regalo del Balón

3-7 años · 5 min · Generosidad

⚽️ El Regalo del Balón
¡Vamos, Juanito, pasa el balón! gritó Gonzalito, ajustándose las gafas mientras corrían hacia El Campo de Fútbol de los Susurros. El viento soplaba suave, haciendo que los viejos postes de la portería crujieran como gigantes bostezando. El césped olía a hierba recién cortada, incluso si estaba un poco alto. Juanito, con su pelo rubio y rizado saltando, chutaba una piedrecita imaginaria. ¡Plaf! Carolinita, la más pequeña, reía persiguiendo una mariquita roja y negra que volaba entre las flores silvestres.

Al llegar al campo, que estaba un poco escondido a las afueras del pueblo, vieron algo inusual. En el banco de madera, que ya estaba un poco roto, un señor mayor estaba sentado. Tenía el pelo blanco como la nieve y una expresión triste. Entre sus manos arrugadas sostenía un balón de fútbol de cuero muy antiguo, desinflado y con alguna grieta. Parecía que el balón había visto mil partidos.

Gonzalito se quitó las gafas y las limpió con su camiseta. «¿Le pasa algo a ese señor, Juanito?», susurró. Juanito, que no pudo esperar, ya estaba cerca del hombre. «¡Hola! ¿Por qué estás triste?», preguntó con su voz clara. Carolinita se acercó con una florecita amarilla en la mano, extendiéndosela con una sonrisa. El señor les miró y su cara se suavizó un poquito. «Hola, pequeños. Soy Don Manuel», dijo con una voz que sonaba a hojas secas. «Echo de menos jugar al fútbol. Este era mi balón, el de mis mejores partidos, pero está viejito y desinflado. Y ya no tengo con quién jugar».

Gonzalito, el de las gafas, pensó un momento. Recordaba que su padre tenía un inflador para las ruedas de la bici. «Don Manuel, mi papá tiene un inflador en casa… y quizás un poco de cinta. ¡Podríamos intentar arreglarlo!», dijo Gonzalito, con la idea ya formándose en su cabeza. Miró a sus hermanos, un poco incierto. ¿Funcionaría? ¿Querría Don Manuel jugar con ellos? Juanito dio un salto. «¡Sí! ¡Podemos jugar contigo! ¡Chut, chut!». Carolinita, que estaba observando el balón desinflado, se sentó al lado de Don Manuel y le dio un golpecito suave en la rodilla.

«Tardaré un poquito en ir y volver», dijo Gonzalito. «¿Os quedáis con Don Manuel?». Juanito asintió con energía. «¡Claro! ¡Le contamos historias de dragones!». Y Carolinita le ofreció la florecita que tenía en la mano. Don Manuel tomó la flor y la puso con cuidado en su bolsillo. «Sois muy amables», dijo, y por primera vez, una pequeña sonrisa apareció en su rostro. Gonzalito corrió hacia casa tan rápido como sus piernas le permitieron.

En poco tiempo, Gonzalito regresó, jadeando un poco, con el inflador y un trozo de cinta adhesiva. Con mucho cuidado, los tres hermanos ayudaron a Don Manuel. Gonzalito infló el balón despacio, ¡shhh, shhh!, mientras Juanito y Carolinita observaban con los ojos muy abiertos. Luego, Gonzalito puso un trocito de cinta donde el balón tenía una pequeña grieta. No quedó perfecto, pero ¡el balón ya estaba redondo y listo para rodar!

«¡Ahora a jugar!», exclamó Juanito, dando pequeños saltitos. Don Manuel, con el balón en los pies, sonrió de verdad. Juntos, los cuatro, jugaron un partido muy especial. Los niños le pasaban el balón a Don Manuel, y él, con la mirada brillante, chutaba suavemente. ¡Gol! Gritaban los pequeños cada vez que el balón pasaba entre los postes. Don Manuel les contó historias de cuando era joven, de goles increíbles y de amigos del fútbol. Los niños reían, disfrutando de cada momento de juego y de cada historia compartida.

El sol empezó a esconderse, pintando el cielo de naranja y rosa. El aire se volvió más fresco. Era hora de volver a casa. Se despidieron de Don Manuel, prometiendo volver pronto. Él les dio las gracias con una gran sonrisa. «Gracias por la alegría, pequeños. Hoy me habéis hecho el hombre más feliz del mundo». El balón, aunque viejito, ahora parecía brillar con una luz especial.

Camino a casa, el silencio se llenó de susurros. «Fue muy divertido, ¿verdad?», dijo Gonzalito, ajustándose las gafas en la oscuridad creciente. «¡Sí! ¡Don Manuel es muy bueno chutando!», dijo Juanito, todavía dando pequeños saltos. Carolinita, acurrucada al lado de su hermano mayor, llevaba un pequeño guijarro que Don Manuel le había regalado, un recuerdo de su amistad. El sonido de los grillos comenzó. Las estrellas brillaron.

En sus camas, los hermanos se acurrucaron. Pensaron en Don Manuel y en su balón. Qué bien se sentía ayudar a alguien. Qué bonito era compartir. Los párpados de Carolinita se hicieron pesados. Juanito bostezó. Gonzalito pensó en el día perfecto que habían tenido. El mundo se hizo más tranquilo.

Shhh...

Dulces sueños, campeones.

Dulces sueños, pequeños corazones.

Shhh...

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