Sebastián y el Gran Misterio de los Sonidos Animales
2-2 años · 5 min
Sebastián, un niño con ojos grandes y curiosos como dos canicas brillantes, estaba un día en el jardín de su casa. El sol calentaba su naricita y una mariposa de alas de colores bailaba cerca de una flor. Sebastián se sentó en la hierba suave, ¡y de repente…! Escuchó algo. Un sonido muy, muy suave, casi como un secreto. ¿Qué sería? Su corazón empezó a hacer 'tum-tum' de emoción. Se preguntó: '¿Qué sonido es ese? ¿Quién lo hace?' Su curiosidad, ¡era gigante como un oso!
El sonido venía de detrás de un arbusto de rosas. Sebastián, gateando como un pequeño explorador, se asomó con mucho cuidado. ¡Y allí estaba! Un gatito blanco, con bigotes largos, que hacía '¡Miau! ¡Miau!' El gatito se estiró y frotó su cabeza en la mano de Sebastián. ¡Qué suave! Sebastián le hizo cosquillas detrás de las orejas. '¡Hola, gatito!', dijo con una sonrisa. Estaba feliz de haber encontrado al dueño de ese sonido.
Pero justo cuando el gatito se fue a jugar con una hoja, Sebastián escuchó otro sonido. Esta vez era diferente, ¡mucho más fuerte! '¡Guau! ¡Guau!', venía de cerca del árbol grande. Sebastián se levantó, dando pasitos cortos y rápidos, y caminó hacia el sonido. Miró detrás del árbol y… ¡sorpresa! Era Max, el perrito de la vecina, con su cola moviéndose de un lado a otro como un ventilador. Max le dio a Sebastián un lametón cariñoso en la mano. '¡Hola, Max!', dijo Sebastián, riendo. Le gustaba mucho descubrir quién hacía esos ruidos.
Sebastián siguió explorando. Ahora el sonido era diferente otra vez. '¡Pío, pío! ¡Pío, pío!', venía de las ramas de un árbol. Sebastián levantó la cabeza y miró hacia arriba. ¡Allí estaba! Un pajarito pequeñito, con plumas de color azul brillante, que cantaba una canción feliz. El pajarito saltaba de rama en rama, como si jugara al escondite. Sebastián se quedó un rato mirándolo, con los ojos bien abiertos. ¡Qué bonito era! '¡Hola, pajarito!', le susurró. Le encantaba descubrir los animales y sus sonidos, era como un juego de adivinanzas.
Luego, Sebastián se acercó a un pequeño estanque que había al final del jardín. El sol brillaba en el agua y había unas plantas verdes. Y entonces, escuchó un sonido… '¡Croac! ¡Croac!'. Sebastián se agachó y miró con atención al borde del agua. ¡Y allí estaba! Una ranita verde, pequeñita, que saltó al agua haciendo un '¡plof!' Sebastián se rió. ¡Era divertido buscar y encontrar! Su corazón estaba lleno de emoción. Cada sonido era una nueva aventura, una nueva pregunta: '¿Quién estará ahí? ¿Qué animal será?'
Sebastián había encontrado al gatito, al perrito, al pajarito y a la ranita. ¡Qué día más emocionante! Había usado sus oídos para escuchar con atención y sus ojos para mirar con curiosidad. Se sentó de nuevo en la hierba, un poco cansado pero muy, muy contento. Pensó en todos los amigos animales que había conocido. El jardín, que antes era solo un jardín, ahora parecía un lugar mágico lleno de voces y sorpresas.
Mamá vino a buscar a Sebastián. '¿Qué has hecho hoy, mi pequeño explorador?', le preguntó con una sonrisa. Sebastián le contó con gestos y sonidos: '¡Miau! ¡Guau! ¡Pío! ¡Croac!'. Mamá le dio un abrazo muy fuerte. '¡Qué bien que eres tan curioso, mi amor!', le dijo. 'Gracias a tu curiosidad, has descubierto un montón de cosas maravillosas'. Y Sebastián sonrió. Sabía que el mundo estaba lleno de secretos y que él, con su curiosidad, siempre encontraría la manera de descubrirlos. ¡Qué ganas de seguir explorando mañana!
El sonido venía de detrás de un arbusto de rosas. Sebastián, gateando como un pequeño explorador, se asomó con mucho cuidado. ¡Y allí estaba! Un gatito blanco, con bigotes largos, que hacía '¡Miau! ¡Miau!' El gatito se estiró y frotó su cabeza en la mano de Sebastián. ¡Qué suave! Sebastián le hizo cosquillas detrás de las orejas. '¡Hola, gatito!', dijo con una sonrisa. Estaba feliz de haber encontrado al dueño de ese sonido.
Pero justo cuando el gatito se fue a jugar con una hoja, Sebastián escuchó otro sonido. Esta vez era diferente, ¡mucho más fuerte! '¡Guau! ¡Guau!', venía de cerca del árbol grande. Sebastián se levantó, dando pasitos cortos y rápidos, y caminó hacia el sonido. Miró detrás del árbol y… ¡sorpresa! Era Max, el perrito de la vecina, con su cola moviéndose de un lado a otro como un ventilador. Max le dio a Sebastián un lametón cariñoso en la mano. '¡Hola, Max!', dijo Sebastián, riendo. Le gustaba mucho descubrir quién hacía esos ruidos.
Sebastián siguió explorando. Ahora el sonido era diferente otra vez. '¡Pío, pío! ¡Pío, pío!', venía de las ramas de un árbol. Sebastián levantó la cabeza y miró hacia arriba. ¡Allí estaba! Un pajarito pequeñito, con plumas de color azul brillante, que cantaba una canción feliz. El pajarito saltaba de rama en rama, como si jugara al escondite. Sebastián se quedó un rato mirándolo, con los ojos bien abiertos. ¡Qué bonito era! '¡Hola, pajarito!', le susurró. Le encantaba descubrir los animales y sus sonidos, era como un juego de adivinanzas.
Luego, Sebastián se acercó a un pequeño estanque que había al final del jardín. El sol brillaba en el agua y había unas plantas verdes. Y entonces, escuchó un sonido… '¡Croac! ¡Croac!'. Sebastián se agachó y miró con atención al borde del agua. ¡Y allí estaba! Una ranita verde, pequeñita, que saltó al agua haciendo un '¡plof!' Sebastián se rió. ¡Era divertido buscar y encontrar! Su corazón estaba lleno de emoción. Cada sonido era una nueva aventura, una nueva pregunta: '¿Quién estará ahí? ¿Qué animal será?'
Sebastián había encontrado al gatito, al perrito, al pajarito y a la ranita. ¡Qué día más emocionante! Había usado sus oídos para escuchar con atención y sus ojos para mirar con curiosidad. Se sentó de nuevo en la hierba, un poco cansado pero muy, muy contento. Pensó en todos los amigos animales que había conocido. El jardín, que antes era solo un jardín, ahora parecía un lugar mágico lleno de voces y sorpresas.
Mamá vino a buscar a Sebastián. '¿Qué has hecho hoy, mi pequeño explorador?', le preguntó con una sonrisa. Sebastián le contó con gestos y sonidos: '¡Miau! ¡Guau! ¡Pío! ¡Croac!'. Mamá le dio un abrazo muy fuerte. '¡Qué bien que eres tan curioso, mi amor!', le dijo. 'Gracias a tu curiosidad, has descubierto un montón de cosas maravillosas'. Y Sebastián sonrió. Sabía que el mundo estaba lleno de secretos y que él, con su curiosidad, siempre encontraría la manera de descubrirlos. ¡Qué ganas de seguir explorando mañana!
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