🦦 El Escondite del Retiro
3-7 años · 5 min
El viento juguetón bailaba entre las hojas de los ginkgos centenarios en el Parque del Retiro, haciendo que pareciera que los árboles susurraban viejas historias. El aire, fresco de una lluvia reciente, olía a tierra mojada y a rosas recién abiertas. Gonzalito, con el ceño fruncido, estudiaba un mapa del parque que había encontrado en casa, intentando descifrar un camino que no conocía.
“¡Mira, Gonzalito! ¡Una pluma!” exclamó Juanito, dando una patada a una piedrecita que rodó hasta un charquito, haciendo un pequeño *¡Plaf!* “¿Y si es de un pájaro mágico?” Carolinita, que correteaba delante, se detuvo de golpe junto a un seto denso. “¡Huella! ¡Huella!” señaló con su dedito regordete hacia el suelo. Era una huella ancha y extraña, con unos deditos cortos y marcados en el barro.
Gonzalito se agachó, ajustándose las gafas para ver mejor el rastro. “Es... muy rara. No parece de perro ni de gato,” murmuró, su curiosidad encendiéndose como una pequeña bombilla. Juanito, con su pelo rubio y rizado, se acercó, la emoción brillando en sus ojos. “¿Y si es de un animal que nunca hemos visto?” La huella se adentraba en un sendero poco transitado, casi oculto por la vegetación.
Con un *¡Shhh!* de Gonzalito, los tres hermanos siguieron el rastro con mucho cuidado. El sendero serpenteaba hasta un rincón del parque donde un riachuelo casi seco susurraba sobre piedrecitas. Allí, escondida entre juncos altos y ramas caídas, había una casita muy peculiar, como un nido gigante. Un suave sonido de *¡Ñam! ¡Ñam!* salía de su interior.
“¿Qué será, Gonzalito?” preguntó Juanito en un susurro. Carolinita, con su pelo moreno y rizado, se escondió un poco detrás de él, pero sus ojitos curiosos no dejaban de mirar la entrada de la casita. Gonzalito dudó. ¿Deberían acercarse más? ¿Y si era un animal salvaje que se asustaba? O peor, ¿y si no quería que lo molestasen? Respiró hondo. “Vamos a ver desde aquí, muy despacito. Y si encontramos algo que le guste, se lo dejamos,” decidió Gonzalito, pensando que así no molestarían.
Se acercaron con pasos ligeros, como gatitos. Al asomarse con mucho cuidado, vieron a una pequeña capibara, del tamaño de un balón de fútbol, masticando con calma unas hierbas verdes. Luego, otra más grande, y otra, ¡toda una familia! Eran capibaras, ¡los animales más grandes del mundo! Parecían estar muy a gusto en su escondite secreto. ¡La familia de Capivaras de Chamberí, ahora en el Retiro!
Gonzalito sonrió. “¡Son capibaras! No las de los libros, ¡estas son de verdad!” susurró, y luego tuvo una idea. “Vamos a buscarles unas hojas bien ricas que puedan comer. Pero desde lejos, para no asustarles, ¿vale?” Los tres, llenos de una emoción silenciosa, buscaron las hojas más verdes y tiernas que conocían, dejando un pequeño montoncito cerca de la entrada de la casita de juncos.
Se alejaron un poco y se sentaron en el suelo, observando en silencio. Al cabo de un ratito, una capibara grande, con un bigote gracioso, salió de la casita, olisqueó las hojas y empezó a comer tranquilamente. Los hermanos se miraron, sus corazones llenos de una alegría dulce y tranquila. El sol empezaba a ponerse, pintando el cielo con tonos naranjas y rosados, mientras los ginkgos parecían despedirse con un último suspiro.
De camino a casa, el parque se volvía más silencioso. Hablaban en voz baja de su descubrimiento. Los ojos azules de Gonzalito brillaban con el recuerdo de las capibaras. Juanito tarareaba una melodía suave sobre animales que comen hierba. Carolinita, con la piel clara un poco sonrosada por el día, ya bostezaba.
En casa, los sonidos de la ciudad se fueron apagando. Se metieron en sus camas, calentitos. Las imágenes de las capibaras, seguras en su escondite secreto, flotaban en sus mentes. Los párpados pesaban. Muy despacio. Se cerraron. Buenas noches.
“¡Mira, Gonzalito! ¡Una pluma!” exclamó Juanito, dando una patada a una piedrecita que rodó hasta un charquito, haciendo un pequeño *¡Plaf!* “¿Y si es de un pájaro mágico?” Carolinita, que correteaba delante, se detuvo de golpe junto a un seto denso. “¡Huella! ¡Huella!” señaló con su dedito regordete hacia el suelo. Era una huella ancha y extraña, con unos deditos cortos y marcados en el barro.
Gonzalito se agachó, ajustándose las gafas para ver mejor el rastro. “Es... muy rara. No parece de perro ni de gato,” murmuró, su curiosidad encendiéndose como una pequeña bombilla. Juanito, con su pelo rubio y rizado, se acercó, la emoción brillando en sus ojos. “¿Y si es de un animal que nunca hemos visto?” La huella se adentraba en un sendero poco transitado, casi oculto por la vegetación.
Con un *¡Shhh!* de Gonzalito, los tres hermanos siguieron el rastro con mucho cuidado. El sendero serpenteaba hasta un rincón del parque donde un riachuelo casi seco susurraba sobre piedrecitas. Allí, escondida entre juncos altos y ramas caídas, había una casita muy peculiar, como un nido gigante. Un suave sonido de *¡Ñam! ¡Ñam!* salía de su interior.
“¿Qué será, Gonzalito?” preguntó Juanito en un susurro. Carolinita, con su pelo moreno y rizado, se escondió un poco detrás de él, pero sus ojitos curiosos no dejaban de mirar la entrada de la casita. Gonzalito dudó. ¿Deberían acercarse más? ¿Y si era un animal salvaje que se asustaba? O peor, ¿y si no quería que lo molestasen? Respiró hondo. “Vamos a ver desde aquí, muy despacito. Y si encontramos algo que le guste, se lo dejamos,” decidió Gonzalito, pensando que así no molestarían.
Se acercaron con pasos ligeros, como gatitos. Al asomarse con mucho cuidado, vieron a una pequeña capibara, del tamaño de un balón de fútbol, masticando con calma unas hierbas verdes. Luego, otra más grande, y otra, ¡toda una familia! Eran capibaras, ¡los animales más grandes del mundo! Parecían estar muy a gusto en su escondite secreto. ¡La familia de Capivaras de Chamberí, ahora en el Retiro!
Gonzalito sonrió. “¡Son capibaras! No las de los libros, ¡estas son de verdad!” susurró, y luego tuvo una idea. “Vamos a buscarles unas hojas bien ricas que puedan comer. Pero desde lejos, para no asustarles, ¿vale?” Los tres, llenos de una emoción silenciosa, buscaron las hojas más verdes y tiernas que conocían, dejando un pequeño montoncito cerca de la entrada de la casita de juncos.
Se alejaron un poco y se sentaron en el suelo, observando en silencio. Al cabo de un ratito, una capibara grande, con un bigote gracioso, salió de la casita, olisqueó las hojas y empezó a comer tranquilamente. Los hermanos se miraron, sus corazones llenos de una alegría dulce y tranquila. El sol empezaba a ponerse, pintando el cielo con tonos naranjas y rosados, mientras los ginkgos parecían despedirse con un último suspiro.
De camino a casa, el parque se volvía más silencioso. Hablaban en voz baja de su descubrimiento. Los ojos azules de Gonzalito brillaban con el recuerdo de las capibaras. Juanito tarareaba una melodía suave sobre animales que comen hierba. Carolinita, con la piel clara un poco sonrosada por el día, ya bostezaba.
En casa, los sonidos de la ciudad se fueron apagando. Se metieron en sus camas, calentitos. Las imágenes de las capibaras, seguras en su escondite secreto, flotaban en sus mentes. Los párpados pesaban. Muy despacio. Se cerraron. Buenas noches.
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