🎨 El Lápiz que Abrió un Bosque Secreto
3-5 años · 5 min
—He dibujado una puerta —susurró Juanito, con la punta de la lengua asomando por la comisura de los labios mientras daba el último trazo con su lápiz especial.
—Pueta —repitió Carolinita a su lado, mirando el gran papel en el suelo. La puerta era redonda, con un picaporte en forma de estrella.
De repente, el picaporte de estrella empezó a brillar. Un suave cosquilleo dorado recorrió el contorno de la puerta dibujada. ¡Fssshhh! Sonó, como un suspiro de luz. Los ojos azules de Juanito se abrieron de par en par, llenos de asombro.
—¡Nito, brilla! —exclamó Carolinita, señalando con su dedito.
Juanito tragó saliva. El lápiz se sentía tibio en su mano. —¿Y si… y si la abrimos? —preguntó en un hilo de voz. Carolinita asintió con tanta fuerza que sus rizos castaños rebotaron sobre sus hombros. Con el corazón latiéndole deprisa, Juanito extendió la mano y tocó el picaporte de estrella. No era de papel. ¡Era sólido y cálido! Lo giró.
La puerta dibujada se abrió hacia adentro, no sobre el suelo de su cuarto, sino hacia un lugar completamente nuevo. Un bosque de musgo fosforescente que olía a tierra mojada y a canela. Sin pensarlo dos veces, tomaron aire y cruzaron el umbral.
El aire del bosque era fresco y silencioso, hasta que oyeron un ruidito muy, muy bajito. Un tímido «pi-pi» que parecía venir de detrás de una seta gigante y luminosa. Se acercaron de puntillas.
Allí, acurrucada, había una criaturita redonda y peluda, como una bola de algodón. Se suponía que debía brillar, pero su luz era muy débil y parpadeaba con tristeza. Al verlos, se hizo aún más pequeña. Carolinita se escondió un poquito detrás de Juanito. Sus grandes ojos azules se llenaron de preocupación.
—Pobechito —murmuró Carolinita, con su vocecita pequeña.
Juanito también sentía un nudo en la barriga. El bosque era precioso, pero un poco oscuro. La criaturita temblaba y eso le daba un poco de miedo. ¿Y si era peligrosa? Podrían darse la vuelta y volver a su cuarto. Pero entonces, la criatura hizo otro «pi-pi» aún más triste.
—Tiene hambre —dijo de pronto Carolinita, muy segura. Se acordaba de un pajarito que había visto en un cuento.
Esa palabra despertó algo en Juanito. Valentía. Sacudió sus rizos rubios y tomó una decisión. Metió la mano en el bolsillo de su pijama y sacó el lápiz mágico y un trocito de papel que siempre guardaba. No iba a dibujar una espada ni un escudo. Iba a dibujar algo bueno.
Miró a la criaturita y al bosque que los rodeaba. Con mucho cuidado, dibujó una pequeña baya con forma de media luna, como las que crecían en los árboles luminosos de aquel lugar. Mientras dibujaba, la baya empezó a brillar en el papel, igual que la puerta. Cuando terminó, la baya de luz saltó del papel a la palma de su mano. ¡Plof!
Se acercó despacio a la criaturita. —Hola —susurró, con la voz más valiente que pudo encontrar—. No tengas miedo. Te he traído esto.
Le tendió la baya brillante. La criaturita asomó su naricita, olisqueó y, con mucho cuidado, la cogió y empezó a mordisquearla. Con cada bocado, su luz se hacía más y más fuerte. En unos segundos, ya no era una lucecita temblorosa, sino una pequeña y feliz estrella que daba saltitos y cantaba un alegre «¡tí-ri-rí!».
La criatura, feliz y llena de energía, empezó a rebotar delante de ellos, guiándolos por el camino de musgo. Allí, apoyada en un árbol, estaba su puerta de papel. Cruzaron de vuelta a su habitación justo cuando la luz del dibujo se desvanecía, dejando solo las líneas de lápiz en el papel.
Juanito bostezó. Se sentía muy cansado, pero su corazón estaba calentito y lleno de orgullo. Carolinita se acurrucó a su lado, ya medio dormida sobre la alfombra.
—Valiente, Nito —murmuró entre sueños.
Cuando papá y mamá entraron para arroparlos, los encontraron abrazados, con una sonrisa tranquila en sus caras. La habitación estaba en calma, bañada por la suave luz de la luna que entraba por la ventana.
Todo estaba en silencio.
Era hora de soñar con bosques luminosos.
Y con pequeños actos de gran valentía.
—Pueta —repitió Carolinita a su lado, mirando el gran papel en el suelo. La puerta era redonda, con un picaporte en forma de estrella.
De repente, el picaporte de estrella empezó a brillar. Un suave cosquilleo dorado recorrió el contorno de la puerta dibujada. ¡Fssshhh! Sonó, como un suspiro de luz. Los ojos azules de Juanito se abrieron de par en par, llenos de asombro.
—¡Nito, brilla! —exclamó Carolinita, señalando con su dedito.
Juanito tragó saliva. El lápiz se sentía tibio en su mano. —¿Y si… y si la abrimos? —preguntó en un hilo de voz. Carolinita asintió con tanta fuerza que sus rizos castaños rebotaron sobre sus hombros. Con el corazón latiéndole deprisa, Juanito extendió la mano y tocó el picaporte de estrella. No era de papel. ¡Era sólido y cálido! Lo giró.
La puerta dibujada se abrió hacia adentro, no sobre el suelo de su cuarto, sino hacia un lugar completamente nuevo. Un bosque de musgo fosforescente que olía a tierra mojada y a canela. Sin pensarlo dos veces, tomaron aire y cruzaron el umbral.
El aire del bosque era fresco y silencioso, hasta que oyeron un ruidito muy, muy bajito. Un tímido «pi-pi» que parecía venir de detrás de una seta gigante y luminosa. Se acercaron de puntillas.
Allí, acurrucada, había una criaturita redonda y peluda, como una bola de algodón. Se suponía que debía brillar, pero su luz era muy débil y parpadeaba con tristeza. Al verlos, se hizo aún más pequeña. Carolinita se escondió un poquito detrás de Juanito. Sus grandes ojos azules se llenaron de preocupación.
—Pobechito —murmuró Carolinita, con su vocecita pequeña.
Juanito también sentía un nudo en la barriga. El bosque era precioso, pero un poco oscuro. La criaturita temblaba y eso le daba un poco de miedo. ¿Y si era peligrosa? Podrían darse la vuelta y volver a su cuarto. Pero entonces, la criatura hizo otro «pi-pi» aún más triste.
—Tiene hambre —dijo de pronto Carolinita, muy segura. Se acordaba de un pajarito que había visto en un cuento.
Esa palabra despertó algo en Juanito. Valentía. Sacudió sus rizos rubios y tomó una decisión. Metió la mano en el bolsillo de su pijama y sacó el lápiz mágico y un trocito de papel que siempre guardaba. No iba a dibujar una espada ni un escudo. Iba a dibujar algo bueno.
Miró a la criaturita y al bosque que los rodeaba. Con mucho cuidado, dibujó una pequeña baya con forma de media luna, como las que crecían en los árboles luminosos de aquel lugar. Mientras dibujaba, la baya empezó a brillar en el papel, igual que la puerta. Cuando terminó, la baya de luz saltó del papel a la palma de su mano. ¡Plof!
Se acercó despacio a la criaturita. —Hola —susurró, con la voz más valiente que pudo encontrar—. No tengas miedo. Te he traído esto.
Le tendió la baya brillante. La criaturita asomó su naricita, olisqueó y, con mucho cuidado, la cogió y empezó a mordisquearla. Con cada bocado, su luz se hacía más y más fuerte. En unos segundos, ya no era una lucecita temblorosa, sino una pequeña y feliz estrella que daba saltitos y cantaba un alegre «¡tí-ri-rí!».
La criatura, feliz y llena de energía, empezó a rebotar delante de ellos, guiándolos por el camino de musgo. Allí, apoyada en un árbol, estaba su puerta de papel. Cruzaron de vuelta a su habitación justo cuando la luz del dibujo se desvanecía, dejando solo las líneas de lápiz en el papel.
Juanito bostezó. Se sentía muy cansado, pero su corazón estaba calentito y lleno de orgullo. Carolinita se acurrucó a su lado, ya medio dormida sobre la alfombra.
—Valiente, Nito —murmuró entre sueños.
Cuando papá y mamá entraron para arroparlos, los encontraron abrazados, con una sonrisa tranquila en sus caras. La habitación estaba en calma, bañada por la suave luz de la luna que entraba por la ventana.
Todo estaba en silencio.
Era hora de soñar con bosques luminosos.
Y con pequeños actos de gran valentía.
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