⚽️ El Secreto del Balón Amigo en el Jardín
3-7 años · 5 min · Amistad
En una casita llena de risas y cojines blanditos, vivían tres hermanos muy especiales: Gonzalito, que ya era un poco mayor y soñaba con ser un gran futbolista; Juanito, el más pequeño, que corría sin parar como un pequeño torbellino; y Carolinita, con sus ojos curiosos, que siempre tenía las ideas más bonitas. Cuando el sol empezaba a ponerse y las sombras se hacían largas, sus corazones se llenaban de un deseo: ¡jugar al fútbol! No había nada que les gustara más que corretear por el jardín con su balón, imaginando que eran los mejores jugadores del mundo. Cada noche, antes de dormir, pensaban en las aventuras que tendrían al día siguiente con su querida pelota.
Una tarde soleada, justo después de la merienda, los tres hermanos decidieron que era el momento perfecto para su gran partido. Salieron al jardín, donde la hierba estaba suave y fresca. Gonzalito puso dos macetas grandes para hacer la portería, mientras Juanito ya botaba el balón con una energía contagiosa. Carolinita, con su mirada atenta, se colocó como defensa, lista para ayudar a sus hermanos. "¡Vamos a marcar muchos goles!", exclamó Gonzalito, dando el primer toque al balón.
El partido empezó con muchas ganas. Juanito corría detrás del balón, riendo cada vez que lo tocaba con su pie. Gonzalito intentaba chutar con fuerza, buscando la portería, pero el balón a veces se iba un poco desviado o se quedaba quieto en el último momento. Carolinita, por su parte, era muy buena recuperando el balón y pasándoselo a sus hermanos. Pero, por mucho que lo intentaban, ¡el balón parecía no querer entrar en la portería!
"¡Ay, el balón no quiere hacer gol!", dijo Juanito con un puchero, mientras el esférico rodaba suavemente bajo un rosal. Gonzalito se acercó, pensando. "Quizás estamos chutando demasiado fuerte", sugirió Carolinita, con su voz dulce. "O quizás... ¡el balón quiere que juguemos todos juntos!", añadió Juanito, que ya había recuperado la pelota.
Entonces, tuvieron una idea. Gonzalito decidió que en vez de solo chutar, pasaría el balón a Carolinita. Carolinita, con un toque suave, se lo devolvió a Juanito. Y Juanito, con una sonrisa enorme, lo pasó de nuevo a Gonzalito. ¡Toc, toc, toc! El balón volaba de un lado a otro entre ellos, como si bailara una coreografía secreta. Cada pase era un "gracias" y cada vez que se animaban, un "¡muy bien!". Se dieron cuenta de que cuando se pasaban el balón, no solo era más divertido, sino que también era más fácil moverlo hacia la portería. El balón parecía entender que la amistad y el trabajo en equipo eran la mejor forma de jugar.
Finalmente, después de muchos pases bonitos y risas compartidas, el balón llegó a los pies de Gonzalito. Pero esta vez, en lugar de chutar solo, miró a sus hermanos. Carolinita le sonrió y Juanito le animó con un "¡pásala, pásala!". Gonzalito hizo un último pase suave a Juanito, que estaba muy cerca de la portería. Juanito, con un toque delicado, empujó el balón. ¡Y... gol! El balón entró despacito entre las macetas.
No importaba quién había marcado el gol, ¡porque lo habían hecho entre todos! Se abrazaron, llenos de alegría. "¡Lo hicimos juntos!", exclamó Carolinita. Gonzalito asintió, sintiendo que aquel gol era el más especial de todos porque lo habían conseguido como un verdadero equipo de amigos. La amistad había hecho que el balón, por fin, encontrara su camino.
Cansados pero felices, los tres hermanos recogieron el balón y entraron en casa, con el dulce recuerdo de su partido. Mientras se acurrucaban en sus camas, sabían que el fútbol era mucho más divertido cuando se compartía, cuando se cuidaban unos a otros y cuando la amistad era el mejor de los goles. Cerraron los ojitos, soñando con más pases y risas, sabiendo que mañana jugarían otra vez, siempre juntos.
Una tarde soleada, justo después de la merienda, los tres hermanos decidieron que era el momento perfecto para su gran partido. Salieron al jardín, donde la hierba estaba suave y fresca. Gonzalito puso dos macetas grandes para hacer la portería, mientras Juanito ya botaba el balón con una energía contagiosa. Carolinita, con su mirada atenta, se colocó como defensa, lista para ayudar a sus hermanos. "¡Vamos a marcar muchos goles!", exclamó Gonzalito, dando el primer toque al balón.
El partido empezó con muchas ganas. Juanito corría detrás del balón, riendo cada vez que lo tocaba con su pie. Gonzalito intentaba chutar con fuerza, buscando la portería, pero el balón a veces se iba un poco desviado o se quedaba quieto en el último momento. Carolinita, por su parte, era muy buena recuperando el balón y pasándoselo a sus hermanos. Pero, por mucho que lo intentaban, ¡el balón parecía no querer entrar en la portería!
"¡Ay, el balón no quiere hacer gol!", dijo Juanito con un puchero, mientras el esférico rodaba suavemente bajo un rosal. Gonzalito se acercó, pensando. "Quizás estamos chutando demasiado fuerte", sugirió Carolinita, con su voz dulce. "O quizás... ¡el balón quiere que juguemos todos juntos!", añadió Juanito, que ya había recuperado la pelota.
Entonces, tuvieron una idea. Gonzalito decidió que en vez de solo chutar, pasaría el balón a Carolinita. Carolinita, con un toque suave, se lo devolvió a Juanito. Y Juanito, con una sonrisa enorme, lo pasó de nuevo a Gonzalito. ¡Toc, toc, toc! El balón volaba de un lado a otro entre ellos, como si bailara una coreografía secreta. Cada pase era un "gracias" y cada vez que se animaban, un "¡muy bien!". Se dieron cuenta de que cuando se pasaban el balón, no solo era más divertido, sino que también era más fácil moverlo hacia la portería. El balón parecía entender que la amistad y el trabajo en equipo eran la mejor forma de jugar.
Finalmente, después de muchos pases bonitos y risas compartidas, el balón llegó a los pies de Gonzalito. Pero esta vez, en lugar de chutar solo, miró a sus hermanos. Carolinita le sonrió y Juanito le animó con un "¡pásala, pásala!". Gonzalito hizo un último pase suave a Juanito, que estaba muy cerca de la portería. Juanito, con un toque delicado, empujó el balón. ¡Y... gol! El balón entró despacito entre las macetas.
No importaba quién había marcado el gol, ¡porque lo habían hecho entre todos! Se abrazaron, llenos de alegría. "¡Lo hicimos juntos!", exclamó Carolinita. Gonzalito asintió, sintiendo que aquel gol era el más especial de todos porque lo habían conseguido como un verdadero equipo de amigos. La amistad había hecho que el balón, por fin, encontrara su camino.
Cansados pero felices, los tres hermanos recogieron el balón y entraron en casa, con el dulce recuerdo de su partido. Mientras se acurrucaban en sus camas, sabían que el fútbol era mucho más divertido cuando se compartía, cuando se cuidaban unos a otros y cuando la amistad era el mejor de los goles. Cerraron los ojitos, soñando con más pases y risas, sabiendo que mañana jugarían otra vez, siempre juntos.
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