🐉 La Suave Aventura de Rubén con su Dragoncito Amigo

2-2 años · 5 min

🐉 La Suave Aventura de Rubén con su Dragoncito Amigo
En la habitación de Rubén, donde los juguetes dormían y la luna asomaba por la ventana, el pequeño Rubén, con sus ojos curiosos y grandes, su piel suavecita y su pelo castaño y rizado, se acurrucaba en su camita. Era la hora de los sueños, esos viajes mágicos que solo los niños conocen. Esta noche, algo especial estaba a punto de empezar, algo que volaría muy alto, pero de forma muy suave. Una aventura llena de escamas brillantes y corazones cálidos esperaba a Rubén, justo al cerrar sus ojitos. Su mantita era como una nube, y su almohada, la más blandita del mundo, lo invitaba a un sueño lleno de fantasía.

De repente, la habitación de Rubén se transformaba. Ya no era su cuarto, sino un jardín de nubes suaves y esponjosas, donde las flores brillaban con luz propia, como pequeñas estrellas caídas del cielo. Rubén, que ahora llevaba un pijama de explorador de sueños, miraba a su alrededor con sus ojos curiosos. ¡Qué maravilla! Y entonces, detrás de una nube que parecía un algodón de azúcar gigante, vio algo. Era pequeño, muy pequeño, con unas escamas de color verde menta que relucían suavemente y unas alitas diminutas que parecían hechas de seda. Era un bebé dragón, pero no uno de esos grandes y ruidosos que lanzan fuego, no. Este era un dragón chiquitín, con unos ojitos grandes y tristes y una lagrimita brillante que rodaba por su mejilla. El dragoncito hacía un ruidito bajito, como un suave 'ñiiiii', y parecía muy solo, echando de menos a alguien.

Rubén se acercó despacito, con pasos muy suaves para no asustarle, como si caminara sobre plumas. 'Hola, dragoncito', susurró Rubén con su voz más dulce. El dragoncito levantó su cabecita y le miró con sus ojos grandes y tristes. Parecía que buscaba algo, o a alguien. Rubén, con su corazón amable, entendió que el dragoncito estaba perdido y se sentía un poquito asustado. Rubén se sentó con cuidado a su lado, en la nube suave. No le dio miedo, solo ganas de ayudar. Con su manita suavecita, tocó con mucha ternura una de las alitas del dragón. 'No llores, amiguito', le dijo. El dragoncito parpadeó y un pequeño destello apareció en sus escamas. Rubén recordó que siempre era bueno ser amable con los demás, especialmente si estaban tristes. Buscó en su bolsillo de pijama de explorador de sueños y, ¡sorpresa!, encontró una pequeña flor de luz que brillaba con un suave color amarillo. Se la ofreció al dragoncito. El dragoncito olfateó la flor, y su colita, que antes estaba caída, empezó a moverse un poquito, muy poquito. Era una señal de que la amabilidad de Rubén le estaba haciendo sentir mejor. Rubén sonrió, sintiendo su corazón calentito. Sabía que con un poquito de cariño, el dragoncito se sentiría seguro de nuevo.

El dragoncito, al sentir la flor de luz y la manita amable de Rubén, dejó de hacer el ruidito triste. Su pequeño hocico se acurrucó contra la mano de Rubén, como buscando más calor y consuelo. Rubén le acarició suavemente la cabeza, sintiendo sus escamas suaves y calentitas. 'No pasa nada, dragoncito', le repitió Rubén con mucho cariño. En ese momento, una suave brisa de luz pasó por el jardín de nubes, trayendo consigo un olor familiar para el dragoncito, como a nubes de algodón y rayos de sol. Y entonces, a lo lejos, se escuchó un suave '¡Ñiii, ñiii!' más grande. ¡Era su mamá dragona, que venía a buscarlo! El bebé dragón miró a Rubén con sus ojitos ya no tristes, sino llenos de gratitud, y dio un pequeño 'gracias' con un suave soplido de aire cálido. Luego, con sus alitas diminutas, voló hacia su mamá, que le esperaba con una sonrisa y un abrazo de alas. Rubén se sintió muy feliz de haber sido amable y haber ayudado al dragoncito a encontrar su camino. Saber que había hecho feliz a alguien le llenó el corazón de una calidez especial. El jardín de nubes empezó a desvanecerse suavemente, y Rubén sintió que volvía a su camita, acurrucado bajo su mantita. Con la imagen del dragoncito feliz en su mente, cerró los ojos, sabiendo que la amabilidad era una magia muy poderosa, la mejor de todas. Y así, con una sonrisa, Rubén se durmió profundamente, soñando con más aventuras amables.

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