Bruno y el Conejito Tímido
2-2 años · 5 min
Érase una vez, en una casa con un jardín muy, muy verde, vivía un niño llamado Bruno. Bruno tenía dos añitos y le encantaba explorar. Para Bruno, su jardín no era solo un jardín; ¡era una selva mágica llena de secretos! Siempre estaba buscando bichitos, mariposas de colores y, sobre todo, escuchando los sonidos que hacían los animales. Un día soleado, mientras jugaba con su camión rojo, Bruno escuchó un ruidito muy suave... "¡Ras, ras, ras!", como si algo se moviera entre las hojitas. Su corazón de explorador empezó a latir fuerte. ¿Qué sería?
Bruno dejó su camión muy despacito y se acercó a un arbusto grande y frondoso. Se agachó, con sus ojitos bien abiertos, buscando el sonido. "¡Ras, ras!", volvió a oír. ¡Y entonces lo vio! Escondido entre las ramas, con sus orejitas largas y su colita blanca, había un conejito muy, muy pequeño. ¡Era tan suave! Tenía la nariz temblorosa y los ojos grandes y curiosos.
Bruno, emocionado, quiso acercarse rápido para darle un abrazo. "¡Hola, conejito!", dijo con su vocecita. Pero el conejito, al verlo, pegó un saltito rápido y se escondió un poquito más, moviendo sus bigotitos. "Oh, oh", pensó Bruno. El conejito tenía un poco de miedo.
La mamá de Bruno, que lo estaba observando desde la ventana, le había enseñado que, para hacer amigos, hay que ser paciente y muy suave. Bruno se acordó. Se sentó en el suelo, sin hacer ruido, como un pequeño indio. Miró al conejito y le sonrió con dulzura. No se movió. El conejito, poco a poco, asomó una orejita, luego la otra. Su naricita seguía temblando.
Bruno tuvo una idea. Recordó que a los conejitos les gustan las zanahorias. No tenía una zanahoria, pero encontró una hojita de trébol muy verde y bonita. Con mucho, mucho cuidado, la puso en el suelo, un poquito lejos de él, pero cerca del arbusto. "Mira, conejito", susurró Bruno. "Es para ti".
El conejito observó la hojita. Miró a Bruno. Bruno estaba quieto, sonriendo. Poco a poco, el conejito dio un pasito, luego otro, y se acercó a la hojita. ¡Ñam, ñam! Empezó a mordisquear el trébol. Bruno sonrió aún más fuerte. ¡El conejito estaba comiendo! Mientras comía, el conejito miró a Bruno con sus ojitos brillantes, como dándole las gracias. Bruno se sintió muy, muy contento. ¡Estaban empezando a ser amigos!
Bruno se quedó un ratito más, mirando al conejito comer su hojita. Ya no tenía miedo. Incluso dio un saltito pequeño y se acercó un poquito más a Bruno. Bruno extendió su manita con mucha lentitud, y el conejito, con curiosidad, le rozó un dedito con su nariz suave. ¡Qué cosquillas más divertidas! Bruno soltó una risita suave.
Sabía que no podía abrazarlo fuerte como a su osito, pero sentía en su corazón que había hecho un amigo muy especial. Aprendió que la amistad es como una semillita: hay que cuidarla con cariño, con paciencia y con mucha suavidad. Si eres amable y respetuoso, los amigos, ¡incluso los conejitos tímidos!, se acercarán a ti.
Desde aquel día, Bruno visitaba al conejito todas las mañanas. A veces le llevaba una hojita fresca, otras solo se sentaba a su lado en silencio. Y el conejito, que ya no era tan tímido, salía a recibirle con un pequeño salto. ¡Qué alegría tan grande era tener un amigo animal! Bruno sabía que la amistad era el regalo más bonito del mundo, y que siempre hay que cuidarla con un corazón lleno de amor.
Bruno dejó su camión muy despacito y se acercó a un arbusto grande y frondoso. Se agachó, con sus ojitos bien abiertos, buscando el sonido. "¡Ras, ras!", volvió a oír. ¡Y entonces lo vio! Escondido entre las ramas, con sus orejitas largas y su colita blanca, había un conejito muy, muy pequeño. ¡Era tan suave! Tenía la nariz temblorosa y los ojos grandes y curiosos.
Bruno, emocionado, quiso acercarse rápido para darle un abrazo. "¡Hola, conejito!", dijo con su vocecita. Pero el conejito, al verlo, pegó un saltito rápido y se escondió un poquito más, moviendo sus bigotitos. "Oh, oh", pensó Bruno. El conejito tenía un poco de miedo.
La mamá de Bruno, que lo estaba observando desde la ventana, le había enseñado que, para hacer amigos, hay que ser paciente y muy suave. Bruno se acordó. Se sentó en el suelo, sin hacer ruido, como un pequeño indio. Miró al conejito y le sonrió con dulzura. No se movió. El conejito, poco a poco, asomó una orejita, luego la otra. Su naricita seguía temblando.
Bruno tuvo una idea. Recordó que a los conejitos les gustan las zanahorias. No tenía una zanahoria, pero encontró una hojita de trébol muy verde y bonita. Con mucho, mucho cuidado, la puso en el suelo, un poquito lejos de él, pero cerca del arbusto. "Mira, conejito", susurró Bruno. "Es para ti".
El conejito observó la hojita. Miró a Bruno. Bruno estaba quieto, sonriendo. Poco a poco, el conejito dio un pasito, luego otro, y se acercó a la hojita. ¡Ñam, ñam! Empezó a mordisquear el trébol. Bruno sonrió aún más fuerte. ¡El conejito estaba comiendo! Mientras comía, el conejito miró a Bruno con sus ojitos brillantes, como dándole las gracias. Bruno se sintió muy, muy contento. ¡Estaban empezando a ser amigos!
Bruno se quedó un ratito más, mirando al conejito comer su hojita. Ya no tenía miedo. Incluso dio un saltito pequeño y se acercó un poquito más a Bruno. Bruno extendió su manita con mucha lentitud, y el conejito, con curiosidad, le rozó un dedito con su nariz suave. ¡Qué cosquillas más divertidas! Bruno soltó una risita suave.
Sabía que no podía abrazarlo fuerte como a su osito, pero sentía en su corazón que había hecho un amigo muy especial. Aprendió que la amistad es como una semillita: hay que cuidarla con cariño, con paciencia y con mucha suavidad. Si eres amable y respetuoso, los amigos, ¡incluso los conejitos tímidos!, se acercarán a ti.
Desde aquel día, Bruno visitaba al conejito todas las mañanas. A veces le llevaba una hojita fresca, otras solo se sentaba a su lado en silencio. Y el conejito, que ya no era tan tímido, salía a recibirle con un pequeño salto. ¡Qué alegría tan grande era tener un amigo animal! Bruno sabía que la amistad era el regalo más bonito del mundo, y que siempre hay que cuidarla con un corazón lleno de amor.
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