⚽ La capivara que soñaba con ser futbolista
3-7 años · 5 min
—¡Chof!… ¡Pum!… ¡Chof!
Juanito se detuvo en seco en el camino de tierra que bordeaba el río. —¿Habéis oído eso? Suena como si alguien estuviera jugando al fútbol… ¡pero dentro del agua!
Gonzalito se ajustó las gafas sobre la nariz y aguzó el oído. —Es verdad. Es un sonido muy raro. Vamos a ver qué es, pero en silencio.
Se adentraron con cuidado entre los juncos altos, que les hacían cosquillas en los brazos. Carolinita iba agarrada de la mano de su hermano mayor, con sus rizos castaños asomando entre las hojas verdes. El sol de la tarde se filtraba, creando manchitas de luz en el suelo húmedo.
Al llegar a la orilla, se escondieron detrás de un viejo sauce. Y entonces lo vieron. No era una persona. Era una capivara, grande y de pelo marrón, que empujaba un balón de fútbol con su hocico. Lo intentaba una y otra vez, pero el balón siempre acababa cayendo al arroyo con un sonoro ¡PLOF!
—¡Es una capivara futbolista! —susurró Juanito emocionado, sacudiendo sus rizos rubios con incredulidad.
La capivara parecía frustrada. Soltó un suspiro, un ruidito suave y triste, y se quedó mirando el balón flotando en el agua. Carolinita, con sus grandes ojos azules fijos en el animal, dijo en voz bajita: —Pobechita… está triste.
Gonzalito observaba la escena con atención. Su pelo castaño y liso le caía sobre la frente mientras entrecerraba los ojos para ver mejor. Al otro lado del pequeño arroyo había un parque infantil vacío. El balón era idéntico al que habían perdido ellos la semana pasada.
—¡Es nuestro balón! —exclamó Juanito en un susurro—. ¡Hay que cogerlo!
—Espera —dijo Gonzalito, pensativo—. No creo que quiera jugar. Mira, está intentando cruzar el arroyo. Creo que quiere devolverlo al parque.
Juanito no estaba convencido. —Pero es nuestro. Podríamos asustarla y cogerlo rápido.
Gonzalito se quedó en silencio un momento. Podían recuperar su balón y ya está. Sería lo más fácil. Pero al ver la carita preocupada de la capivara, sintió que no era lo correcto. Se giró hacia sus hermanos. —¿Y si… y si en vez de quitárselo, la ayudamos? ¿Qué creéis que deberíamos hacer?
Antes de que nadie pudiera responder, Carolinita se soltó de la mano y dio un pasito al frente. Metió su manita en el bolsillo y sacó un trocito de manzana que guardaba. Se acercó despacio y lo dejó en el suelo. —Para ti, amiga capivara.
La capivara la miró, olisqueó la manzana y le dio un mordisquito suave. Luego levantó la cabeza y les miró a los tres, como si les diera las gracias.
—¡Ya lo tengo! —dijo Juanito de repente—. ¡Podemos hacer un puente con ese tronco caído de ahí! Así podrá pasar el balón rodando.
—¡Es una idea genial! —aprobó Gonzalito—. ¡Vamos, equipo!
Entre los tres, empujaron el tronco hasta que conectó las dos orillas. Con mucho cuidado, Gonzalito usó una rama larga para acercar el balón y, junto a Juanito, lo subieron al tronco-puente. La capivara, al ver lo que hacían, les ayudó empujando el balón con el hocico desde el otro lado. ¡Rodó y rodó hasta llegar a la otra orilla!
La capivara dio un saltito de alegría y, con un último empujón, dejó el balón justo al borde del parque. Les dedicó un último ruidito, que sonó a un “gracias” muy feliz, y se perdió entre la vegetación.
Volviendo a casa, mientras el sol se despedía pintando el cielo de naranja, los tres hermanos se sentían cansados pero muy contentos. No solo habían recuperado su balón, sino que habían hecho una nueva amiga.
Ya en sus camas, calentitos y arropados, las luces estaban bajas. La aventura del día parecía un sueño cálido.
—Buenas noches, Juanito. Buenas noches, Carolinita —susurró Gonzalito.
—Buenas noches, capivara futbolista… —murmuró Juanito, medio dormido.
Carolinita ya soñaba con manzanas y amigos peludos.
El silencio llenó la habitación.
Era hora de descansar.
Dulces sueños.
Juanito se detuvo en seco en el camino de tierra que bordeaba el río. —¿Habéis oído eso? Suena como si alguien estuviera jugando al fútbol… ¡pero dentro del agua!
Gonzalito se ajustó las gafas sobre la nariz y aguzó el oído. —Es verdad. Es un sonido muy raro. Vamos a ver qué es, pero en silencio.
Se adentraron con cuidado entre los juncos altos, que les hacían cosquillas en los brazos. Carolinita iba agarrada de la mano de su hermano mayor, con sus rizos castaños asomando entre las hojas verdes. El sol de la tarde se filtraba, creando manchitas de luz en el suelo húmedo.
Al llegar a la orilla, se escondieron detrás de un viejo sauce. Y entonces lo vieron. No era una persona. Era una capivara, grande y de pelo marrón, que empujaba un balón de fútbol con su hocico. Lo intentaba una y otra vez, pero el balón siempre acababa cayendo al arroyo con un sonoro ¡PLOF!
—¡Es una capivara futbolista! —susurró Juanito emocionado, sacudiendo sus rizos rubios con incredulidad.
La capivara parecía frustrada. Soltó un suspiro, un ruidito suave y triste, y se quedó mirando el balón flotando en el agua. Carolinita, con sus grandes ojos azules fijos en el animal, dijo en voz bajita: —Pobechita… está triste.
Gonzalito observaba la escena con atención. Su pelo castaño y liso le caía sobre la frente mientras entrecerraba los ojos para ver mejor. Al otro lado del pequeño arroyo había un parque infantil vacío. El balón era idéntico al que habían perdido ellos la semana pasada.
—¡Es nuestro balón! —exclamó Juanito en un susurro—. ¡Hay que cogerlo!
—Espera —dijo Gonzalito, pensativo—. No creo que quiera jugar. Mira, está intentando cruzar el arroyo. Creo que quiere devolverlo al parque.
Juanito no estaba convencido. —Pero es nuestro. Podríamos asustarla y cogerlo rápido.
Gonzalito se quedó en silencio un momento. Podían recuperar su balón y ya está. Sería lo más fácil. Pero al ver la carita preocupada de la capivara, sintió que no era lo correcto. Se giró hacia sus hermanos. —¿Y si… y si en vez de quitárselo, la ayudamos? ¿Qué creéis que deberíamos hacer?
Antes de que nadie pudiera responder, Carolinita se soltó de la mano y dio un pasito al frente. Metió su manita en el bolsillo y sacó un trocito de manzana que guardaba. Se acercó despacio y lo dejó en el suelo. —Para ti, amiga capivara.
La capivara la miró, olisqueó la manzana y le dio un mordisquito suave. Luego levantó la cabeza y les miró a los tres, como si les diera las gracias.
—¡Ya lo tengo! —dijo Juanito de repente—. ¡Podemos hacer un puente con ese tronco caído de ahí! Así podrá pasar el balón rodando.
—¡Es una idea genial! —aprobó Gonzalito—. ¡Vamos, equipo!
Entre los tres, empujaron el tronco hasta que conectó las dos orillas. Con mucho cuidado, Gonzalito usó una rama larga para acercar el balón y, junto a Juanito, lo subieron al tronco-puente. La capivara, al ver lo que hacían, les ayudó empujando el balón con el hocico desde el otro lado. ¡Rodó y rodó hasta llegar a la otra orilla!
La capivara dio un saltito de alegría y, con un último empujón, dejó el balón justo al borde del parque. Les dedicó un último ruidito, que sonó a un “gracias” muy feliz, y se perdió entre la vegetación.
Volviendo a casa, mientras el sol se despedía pintando el cielo de naranja, los tres hermanos se sentían cansados pero muy contentos. No solo habían recuperado su balón, sino que habían hecho una nueva amiga.
Ya en sus camas, calentitos y arropados, las luces estaban bajas. La aventura del día parecía un sueño cálido.
—Buenas noches, Juanito. Buenas noches, Carolinita —susurró Gonzalito.
—Buenas noches, capivara futbolista… —murmuró Juanito, medio dormido.
Carolinita ya soñaba con manzanas y amigos peludos.
El silencio llenó la habitación.
Era hora de descansar.
Dulces sueños.
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